“Me llamo Adou”: Familias rotas por la fronteras

 

La presentación de “Me llamo Adou”, del periodista Nico Castellano, en San Carlos Borromeo, reunió a un nutrido “grupo de locos”, en palabras de Benjamín Prado, que sueñan con hacer posible la fraternidad. Este libro viene a ser un enorme pie de foto, mucho más que las mil palabras que se suele decir que vale, a veces, una imagen. En este caso, la de del niño encontrado dentro de una maleta cuando intentaba cruzar el paso fronterizo de Ceuta. Es la trastienda de lo que ocurre en la aduana, en las vallas y en el mar.

Aquella imagen icónica, como fue la de Aylán, suscitó en el periodista una primera pregunta: “¿Cómo ‘carajo’ ha aparecido un niño dentro de una maleta?”. La respuesta a esa y a otras tantas preguntas que iban surgiendo según se adentraba en la historia de la familia de Adou se han convertido en un libro que vuelve a plantear, dos años después de aquel suceso, nuevas cuestiones incómodas y a denunciar el fracaso, medido en vidas humanas perdidas y en sueños rotos, de la política migratoria de los estados considerados más avanzados.

Nico escribió este libro con “el anhelo de que ninguna frontera vuelva a impedir a una familia tener una vida mejor”, en un mundo que ha convertido las leyes migratorias en “una maquinaria que sigue provocando mucho sufrimiento”. El periodista canario ha sido testigo de la evolución de la llamada “guerra de las fronteras” contra quienes aspiran a llegar al lado próspero del mundo, que comenzó en el Estrecho en la década de los años 80, se trasladó luego a Canarias, a mediados de los años 2000 y sigue, cada vez con más sofisticación, extendiéndose por nuestros enclaves fronterizos.

Recordó que hace ya más de 20 años, fue una ong acostumbrada a trabajar en el “Tercer Mundo”, como “Médicos sin fronteras” quien primero se ocupó de atender a los supervivientes de los naufragios y accidentadas travesías que chocaban con las costas canarias. “Hoy estamos aún peor que entonces, con leyes y controles, que causan mucho dolor”, añadió. Como ejemplo, explicó que la comunidad extracomunitaria con más presencia en nuestra país, compuesta por más de 600.000 ciudanos y ciudadanas de Marruecos apenas había conseguido 6.000 reagrupaciones familiares.

 

El escritor Benjamín Prado dijo que quienes se adentren en estas páginas podrán decir que “conocíamos la historia pero no sabíamos la verdad” y reconoció que el primer impulso, al conocer los primeros detalles de la peripecia de Adou fue “sospechar de algo que en realidad merece nuestra comprensión, nuestra compasión y nuestra solidaridad”.

El anfitrión de la presentación, el cura Javier Baeza, aprovechó la ocasión para denunciar la inhumanidad con que en infinidad de ocasiones se conducen las instituciones encargas de la atención presuntamente humanitaria de las personas migrantes, en especial, de los menores. También alabó el periodismo crítico, el verdaderamente necesario en estos tiempos, que se comporta como “un escáner sin tunear de la realidad”.

“Me llamo Adou” cubre el abismo de indiferencia que deja la actualidad, busca esa verdad que tantas veces se cuela entre los dedos cuando perseguimos las últimas noticias y abre el foco para permitirnos comprender la maquinaria administrativa con la que se topan los proyectos migratorios de millones de seres humanos cada día. Pero sobre todo, nos invita a cultivar la empatía con tantos padres, hijos y hermanos, cuyos vínculos quedan rotos y sus esperanzas pisoteadas  por las alambradas de la indiferencia y la frialdad de la burocracia.