No podemos esperar más: #trabajodigno

En febrero ha vuelto el ¡Tú! ya que en enero no nos acompaña. La portada de este número, como es habitual, está vinculada a la sección editorial “así lo vemos”.

En este detalle fotográfico —la foto es mucho mayor—, hemos querido reflejar una multitud de personas en situación de una espera que ya no puede prolongarse más: miles de trabajadores y trabajadoras queremos un trabajo digno. Y esa exigencia, remarcada con una frase de manera significativa, lo es por motivos de dignidad humana y, a su vez, como botón de muestra para testear una recuperación social ausente en el discurso del gobierno.

Liberamos el contenido íntegro del ¡Tú!, agradeciendo profundamente a cuantas personas se comprometen y financian esta publicación para que pueda ser leída por los demás.

Aprovechamos también un texto de Trini, militante de la HOAC de Granada para trasladaros, con hechos reales, la importancia de que el trabajo respete la dignidad humana.

El trabajo no puede ser a cualquier precio.

Es necesario romper la lógica de pensar y organizar el trabajo desde las exigencias económicas y desde las decisiones políticas acomodadas a los beneficios económicos. Necesitamos plantear las cosas en sentido contrario. Es decir, es urgente humanizar la economía y el trabajo. Para ello la economía necesita de la ética, de tal manera que el trabajo responda a las necesidades humanas y no a la economía.

Vamos a poner algunos hechos reales de lo que sucede cuando el trabajo sirve a la economía y deshumaniza al trabajador. Estos ejemplos son extraídos de la misma vida de nuestros compañeros, pero lógicamente están descritos en y con contextos imaginativos:

Alberto: 28 años, casado y sin hijos. Su mujer no trabaja, después de un largo tiempo en paro es contratado por una empresa que envasa vinos. Tiene contratos discontinuos, recibe órdenes para cambiar de turno de un día para otro, la Seguridad Social solo le cubre los días que trabaja, su contrato va desde el lunes al viernes, vive con el miedo de ser despedido cualquier día y con el pánico de volver al paro.

Margarita: Dentista, 34 años, vive con su pareja y no tiene hijos. Trabaja cuando le dan contratos en la sanidad. En los últimos meses la contratan por quince días o un mes, tiene jornada reducida y en las últimas semanas alterna la consulta con otros trabajos. Ha vivido mucho tiempo la experiencia del paro y necesita el dinero para vivir, se siente muy estresada en el trabajo.

Félix: Camarero. Tiene un contrato de seis horas y trabaja hasta doce. Después de meses y años en el paro, está ganando algo para vivir con su familia. También tiene miedo de volver a la inactividad y dice que eso es lo que hay y que no tiene otra salida nada más que aguantar.

Tanto Alberto como Margarita y Félix viven como pueden, pero eso no es vida. Si el paro los estaba matando, el trabajo ¿los está humanizando?

En la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) metidos entre nuestros compañeros del mundo obrero y de la Iglesia vivimos esas situaciones como inadmisibles a lo largo de la historia y como más inadmisibles en los tiempos que vivimos y recordamos las palabras del Papa Francisco: Pero queremos más todavía, nuestro sueño vuela más alto. No hablamos sólo de asegurar a todos la comida, o un «decoroso sustento», sino de que tengan «prosperidad sin exceptuar bien alguno». Esto implica educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida. El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están destinados al uso común” (La alegría del Evangelio 192).

Pero seríamos injustos con la realidad si no pusiéramos la mirada en otros hechos en los que se ve con alegría cómo otros compañeros nuestros humanizan su vida con el trabajo. Veamos:

Alejandro: Médico, 32 años, soltero. Trabaja en un laboratorio farmacéutico de una multinacional, desempeña un puesto directivo en la misma, esto le obliga a viajar continuamente por todo el mundo. Está contento, se siente reconocido socialmente, se considera aceptablemente remunerado, considera que necesitaría más tiempo para dedícalo a familia y amigos.

Carmen: Ama de casa, 53 años. Ha pasado penurias económicas toda su vida. Se reconoce afortunada porque ha encontrado un trabajo cuidando a una persona mayor. Se siente reconocida, útil y libre al poder salir todos los días de su casa. El dinero que aporta es imprescindible para sobrevivir su marido y ella.

Por eso, concluimos: es urgente y necesario un trabajo para todos, pero no un trabajo cualquiera expuesto a todo tipo de deshumanizaciónes, sino un trabajo digno para que nuestra sociedad sea decente.